domingo, 3 de junio de 2012

La marginalidad del filósofo (II)


El intelectual como agente político activo, ha sido otra de las caracterizaciones donde comúnmente se le ubica al filósofo. Esto lo podemos observar en la cinta Little women, donde vemos aparecer a Friedrich Bhear, un filósofo alemán que se podría denominar como bohemio. Tiene un carácter nómada y a pesar de ser pobre, es feliz con su estilo de vida libre. Dentro de una comunidad literaria, conoce a Josephine March, la protagonista de la historia, de quien sería pareja sentimental e intelectual, e incluso impulsaría a tal grado su carrera literaria, que promovería la publicación de su primera novela.

Aquí se muestra una imagen dulcificada del filósofo, como una figura primordial en el desarrollo intelectual de lasociedad en general, e impulsor de la liberación femenina en particular. La naturaleza esencial de este personaje es ser un libertario y un promotor de la cultura, el cual es otro de los estereotipos que mejor le van al filósofo. 

Me ha parecido pertinente rastrear esta caracterización hasta el idealismo alemán, siguiendo el análisis que Jacques D’Hondt realiza sobre la atmósfera intelectual y anímica de la época. Según D’Hondt, en este período podemos encontrar un fervor revolucionario generalizado entre la comunidad filosófica germana, cuyos miembros se ubicarán, ante todo, como espectadores de un movimiento de la consciencia colectiva  que dejaba ver sus efectos prácticos de manera inmediata en la realidad, pues

Lo que les atraía sobre todo era el despertar, en la acción patriótica, de aquellas antiguas virtudes que el despotismo había prostituido: el desinterés personal, la abnegación, el valor, la alegre aceptación del riesgo de la muerte. Honraban en gran manera los ideales revolucionarios, la libertad, la igualdad, la fraternidad, pero admiraban sobre todo el ser capaces de combatir y de 
morir por ellos: la libertad o la muerte.[1]

Lo que tenemos es un conjunto de pensadores que, a pesar de no intervenir directamente en el conflicto, promueven pequeñas acciones dentro de su círculo, pues aunque era necesario mantener la discreción por temor a la reprimenda de las autoridades, se fomentaba la discusión agitada entre los seminaristas, lo cual también habríamos de denominar como un acto político efectivo.

El filósofo, entonces, se vuelve una figura importante en esta labor liberadora, pues no puede no sumar sus esfuerzos a este movimiento universal de la consciencia, pues como explica D’Hondt:

El filósofo ya no se crea a sí mismo. No es más que el portavoz de un espíritu mundial, sujeto de la historia práctica y teórica que divide su tarea revolucionaria entre dos pueblos. El idealismo se despoja del subjetivismo individual de sus orígenes, en beneficio de una subjetividad universal. La Revolución ha pasado por allí.[2]



El filósofo entonces, sería un revolucionario, cuya labor intelectual habría de sumarse a los esfuerzos de toda una época por llegar a su toma de consciencia, tanto práctica como teórica. Esta caracterización, me parece, dice mucho acerca del papel del intelectual en los momentos de agitación social, frente a los cuales es necesario tomar una distancia crítica para llevar a cabo un análisis de la situación en su totalidad.

Los momentos de crisis serían las ocasiones en la que el filósofo habría de proclamarse como portavoz de una postura crítica, labor que no podría ser de otra manera asumida, mas que siendo demandada por la sociedad en su conjunto. Qué tanto esta representación diste de la realidad, es algo que aún habría de pensarse en relación con la influencia fáctica que el filósofo tenga dentro de su entorno, donde, sin embargo, la caracterización de éste como revolucionario, ha sido no sólo una constante dentro del imaginario colectivo y la cultura pop hasta nuestros días, sino uno de los estereotipos favoritos que le han sido asignados.


Finalmente, me gustaría resaltar el papel que la revolución tuvo en el sentimiento de una época, la cual significaría “la verdadera reconciliación de lo divino con el mundo”[3], lo que me permitiría apuntar al filósofo como un agente, que aún en su posición de marginalidad, habría de tener influencia y participación en un movimiento que habría de acercarle a lo sagrado, y con ello, a una de las últimas figuras que quisiera analizar.




[1] D’Hondt, Jacques, Hegel y el hegelianismo, Publicaciones Cruz, México, 1993, p. 65.
[2] Ibid., p. 67.

[3] Ibid., p. 62.

1 comentario:

  1. Muy buena entrada de nuevo. Me gustan mucho estos retratos de los filósofos desde la marginalidad.

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